Comunicado de www.vaticannews.va — ![]()
No hay justificación alguna para privar a millones de personas de su sustento diario. Así lo afirmó el Observador Permanente de la Santa Sede ante la FAO, el FIDA y el PMA, durante su intervención en el Foro de la Lumsa titulado «El derecho a una alimentación adecuada: por una vida humana digna». Subrayó que los Estados son los principales responsables, pero las grandes corporaciones también deben rendir cuentas. Y no se puede ignorar el uso del hambre como arma de guerra.
Davide Dionisi – Ciudad del Vaticano
«El hambre no es un destino inevitable; es una herida abierta en la conciencia de la humanidad». Así lo afirmó el arzobispo Fernando Chica Arellano, Observador Permanente de la Santa Sede ante la FAO, el FIDA y el PMA, al concluir el Foro sobre «El Derecho a una Nutrición Adecuada: Por una Vida Humana Digna», celebrado hoy, 26 de mayo, en la LUMSA (Libera Università Maria Santissima Assunta) de Roma. «Hoy», señaló, «hemos debatido sobre legislación, políticas sociales, desarrollo rural, paz y responsabilidad pública. Pero todos estos temas nos llevan al mismo punto: el valor fundamental de la dignidad humana. La nutrición no es una cuestión secundaria. Cuando una persona no puede alimentarse adecuadamente, su salud, su libertad, su educación, su esperanza y su propia dignidad se ven amenazadas».
Monseñor Chica Arellano especificó entonces que «la Doctrina Social de la Iglesia establece claramente que el derecho a una nutrición adecuada debe ser reconocido, protegido y promovido como un requisito esencial de la dignidad humana. Esto no es una concesión de la autoridad pública ni una forma ocasional de asistencia», sino más bien «un derecho que nos recuerda que la creación es un don de Dios para toda la humanidad y que toda persona debe tener acceso a lo necesario para vivir plena y serenamente».
Fracaso moral
Para Monseñor Fernando Chica Arellano, «en un mundo que posee suficiente conocimiento científico, capacidad productiva, tecnología y recursos financieros para alimentar a todos con dignidad, la persistencia del hambre constituye un fracaso moral. Es una tragedia que debe declararse inequívocamente, porque no existe justificación suficiente para explicar por qué millones de personas siguen privadas de su pan de cada día».
No hay excusas
El Observador Permanente de la Santa Sede fue categórico: «No hay excusas cuando se desperdician alimentos mientras otros mueren de hambre. Tampoco cuando se especula con los bienes esenciales de la vida. No existen circunstancias atenuantes cuando, incluso donde hay alimentos, demasiadas personas, incluidos niños y niñas en edad escolar, reciben alimentos de mala calidad, dietas empobrecidas o productos que fomentan la obesidad y la enfermedad, pero no la dignidad ni la salud. No hay resquicios legales cuando invertimos más en destruir que en nutrir, más en armas que en pan, más en poder que en dignidad».
La responsabilidad principal recae en los Estados
Recordando el segundo Objetivo de Desarrollo Sostenible de la Agenda 2030, Hambre Cero, el arzobispo Chica Arellano señaló que «no puede reducirse a una promesa retórica repetida mientras la realidad empeora. Debe traducirse en presupuestos, leyes, protección social, apoyo a los pequeños productores, sistemas alimentarios sostenibles y cooperación internacional. La responsabilidad principal recae en los Estados. Son ellos quienes deben respetar, proteger y garantizar el derecho a una alimentación adecuada. Respetar este derecho también significa no adoptar medidas que lo atenten. Protegerlo significa impedir que terceros lo violen. Y garantizarlo significa adoptar políticas activas para asegurar que nadie quede a merced del hambre, la malnutrición, la pobreza o la exclusión».
Los sistemas alimentarios existen para servir a la vida humana
Según el Observador Permanente, la responsabilidad no se limita a los Estados. «También involucra a las grandes corporaciones, los mercados, las cadenas de suministro y a quienes influyen decisivamente en la producción, distribución y calidad de los alimentos. Los sistemas alimentarios existen para servir a la vida humana, no para someterla a la lógica exclusiva del lucro.
Cuando la rentabilidad prima sobre la vida, se produce una grave distorsión ética», aclaró Chica Arellano, enfatizando que «esto no significa negar la importancia de la iniciativa empresarial, la innovación o el comercio. Significa, más bien, recordar que todos ellos deben estar orientados al bien común. La producción de alimentos, la tecnología agrícola y los mercados tienen sentido cuando sirven a las personas, especialmente a las más necesitadas».
No al uso del hambre como arma de guerra
Luego, una mención especial a los sectores más vulnerables de la sociedad: “Quisiera recordar de manera particular a quienes con demasiada frecuencia permanecen al margen: niños afectados por la desnutrición; mujeres que sostienen la nutrición de sus familias y comunidades; agricultores, pescadores artesanales y pastores; pueblos indígenas; migrantes, refugiados y desplazados; y comunidades atrapadas en conflictos, sequías o crisis climáticas. Detrás de cada número hay un rostro”, explicó, repitiendo que “detrás de cada indicador hay una mesa vacía, una madre angustiada, un niño que no puede aprender porque no ha comido, una familia que ha perdido su tierra o su agua. La humanidad comienza a perder el rumbo cuando dejamos de ver esos rostros.
En particular, advirtió el arzobispo, no podemos permanecer en silencio ante el uso del hambre como arma de guerra. En diversos contextos, en el contexto de conflictos, a menudo se destruyen deliberadamente los cultivos, se bloquea la ayuda humanitaria, se aumenta el costo de los alimentos, condenando a poblaciones civiles enteras a la desesperación. El Papa León XIV recordó enérgicamente esta verdad durante su visita a la FAO, el pasado 16 de octubre de 2025.
Alimentar a la gente significa construir la paz.
El Observador hizo referencia explícita a la estrecha relación entre la paz y el derecho a la alimentación: «No habrá verdadera paz donde comunidades enteras estén condenadas a la inseguridad alimentaria, el desplazamiento y la humillación. Alimentar a las personas también significa construir la paz. Proteger el pan significa proteger los pilares de la convivencia humana. Por lo tanto, la lucha contra el hambre no puede reducirse a la gestión técnica de emergencias. Sin duda, requiere ciencia, inversión, cooperación y políticas públicas eficaces. Pero también requiere un sentido de la justicia, valentía institucional y la capacidad de reconocer que el sufrimiento de los pobres no puede seguir siendo el precio silencioso de un sistema global indiferente.
Sería oportuno, constató el arzobispo, «que la comunidad internacional actuara con mayor decisión para promover este derecho, de modo que encuentre un lugar real en los sistemas jurídicos, las estrategias nacionales de desarrollo, los sistemas de protección social y los mecanismos de rendición de cuentas. No basta con proclamar este derecho; debemos hacerlo efectivo».
Mejores políticas y una conciencia más despierta.
Finalmente, destacó la convergencia entre el lenguaje de los derechos humanos y la Doctrina Social de la Iglesia: «Ambas», afirmó, «afirman que toda persona tiene derecho a vivir sin hambre y a participar en las decisiones que afectan a su alimentación, su tierra, su agua y su futuro».
Por último, el diplomático vaticano hizo un llamamiento a un diálogo basado en compromisos concretos, a la cooperación entre los Estados, los organismos de las Naciones Unidas, la academia, la sociedad civil y las comunidades locales, y a un cambio «de la compasión a la acción y de la indignación a la justicia. El hambre no es el destino de la humanidad. Es una derrota que podemos y debemos superar». Para el Observador Permanente, «una humanidad capaz de alimentar a todos, pero que permite que muchos sufran hambre o los efectos devastadores de la mala nutrición, requiere no solo mejores políticas, sino también una conciencia más atenta».
Se publicó primero como Chica Arellano: «El hambre no es una fatalidad, sino un fracaso moral»
