Comunicado de www.vaticannews.va —
La hermana Hanna Kiedrowska, religiosa palotina polaca, relata su experiencia como voluntaria al servicio de los pobres y las personas sin hogar que utilizan las instalaciones situadas bajo el Columnado de Bernini, gestionadas por la Limosnería Apostólica y creadas por iniciativa del Papa Francisco en 2015. «Necesitan que se les escuche», además de asearse, afeitarse y cuidarse. Para los pobres, cuenta, esto significa recuperar «al menos una parte de la normalidad cotidiana perdida»
Don Łukasz Bankowski – Ciudad del Vaticano
«Cuando conocí por primera vez a unos jóvenes sin hogar y los llamé “hermanos”, se echaron a llorar. Me dijeron que nadie los había llamado así nunca». Es un testimonio conmovedor el que ofrece a los medios de comunicación del Vaticano la hermana Hanna Kiedrowska. Desde 2015, esta religiosa palotina polaca presta servicio como voluntaria en las duchas para los pobres y las personas sin hogar situadas bajo el pórtico de la Plaza de San Pedro, gestionadas por la Limosnería Apostólica. Subraya que lo más importante no es solo ofrecer ayuda material, sino devolver a las personas la dignidad que han perdido.
Cada día empieza con una lista
Desde hace 11 años, la hermana Hanna se dedica casi todas las mañanas al servicio para los más necesitados impulsado por el Papa Francisco. Llega a las siete de la mañana y anota a todas las personas que desean utilizar una de las tres duchas disponibles. «Cada uno se apunta en la lista y luego llamamos a las personas una por una», cuenta. «Mientras tanto, pueden afeitarse, tomarse un té o un café, comer un croissant o algo de fruta. Hacia las once también se reparten los bocadillos preparados por la Limosnería Apostólica». La religiosa polaca destaca que, para muchas de las personas que se benefician de este servicio, la posibilidad de asearse significa recuperar al menos una parte de la normalidad cotidiana.
Lo que más necesitan es alguien que les escuche
La ayuda, sin embargo, no se limita a la comida y a la posibilidad de cuidar de su higiene. «Muy a menudo simplemente quieren hablar», explica la hermana Hanna. «Necesitan sentirse escuchados y que alguien les pregunte qué les ha llevado a vivir en la calle. Cuando conoces su historia, su infancia y su situación familiar, empiezas a comprender cuántas heridas llevan dentro». Añade que muchas personas sufren adicciones al alcohol o a las drogas, pero detrás de cada adicción se esconde una historia concreta de sufrimiento.
«Nadie nos había llamado nunca hermanos»
Uno de los recuerdos más intensos de los inicios de su servicio tiene que ver con el encuentro con un grupo de jóvenes sin hogar. «Pasaba por debajo de un túnel y me dirigí a ellos llamándolos “hermanos”. Todos se echaron a llorar», recuerda la religiosa palotina. «Me dijeron que nadie les había llamado así nunca. Solo habían recibido insultos y palabras de desprecio. Fue un momento que nos conmovió profundamente tanto a ellos como a mí». La hermana Hanna está convencida de que también las personas que viven en la calle buscan un sentido a su vida y desean recuperar su dignidad, «pero muchos están tan profundamente heridos —subraya— que para ellos es muy difícil volver a una vida normal».
Recuperar la dignidad de hijos de Dios
La hermana Hanna reconoce que, con el paso de los años, ha comprendido el valor que tienen para ellos incluso los gestos más sencillos. «Cuando me los encuentro en la calle —nos cuenta— siempre se detienen, me saludan, me sonríen. También veo lo importante que es para ellos poder asearse y cuidarse. Esto les ayuda a redescubrir la dignidad de hijos de Dios». Añade que, precisamente gracias a este servicio, cada día aprende a reconocer la dignidad del otro: «Doy gracias a Dios por estos once años dedicados al servicio de estas personas. No es un trabajo fácil, pero gracias a él he podido comprender mejor su vida y compartir con ellos el día a día».
También se necesita alimtan espiritual
La religiosa destaca que, además de la ayuda material, cada vez siente más la necesidad de acompañar espiritualmente a las personas que viven en la calle. «Me gustaría que pudiéramos encontrarnos con ellas no solo en las duchas o durante el reparto de comidas, sino también en la oración», explica. «Se necesitaría un espacio donde invitarlas a la adoración del Santísimo Sacramento, a la meditación de la Palabra de Dios o a participar en la Eucaristía. Un camino de formación espiritual sería para ellas una riqueza inmensa». Su Hanna concluye recordando que el ser humano no solo necesita pan y un techo sobre su cabeza, sino también experimentar el amor de Dios y sentirse parte de la comunidad de la Iglesia.
Se publicó primero como Duchas en San Pedro, donde los más vulnerables recuperan su dignidad

