Comunicado de www.vaticannews.va —
En el puerto de Arguineguín, donde el Atlántico trae cada año historias de esperanza y tragedia, León XIV quiso situar una de las imágenes más significativas de su viaje por España. Rodeado de migrantes, voluntarios y responsables de las organizaciones de acogida, el Papa reclamó “vías legales y seguras”, rescate, protección e integración, recordando que “la dignidad humana no tiene pasaporte”.
Silvina Pérez – enviada en el vuelo papal
La tercera y última etapa del viaje apostólico de León XIV comienza allí donde Europa termina en los mapas y vuelve a empezar en el mar. Las Islas Canarias aparecen en la cartografía como territorio español. Sin embargo, basta observarlas desde el aire para comprender que pertenecen a una geografía más compleja, son islas suspendidas en el Atlántico, orientadas hacia África tanto como hacia Europa, último confín europeo antes del horizonte oceánico. En los días despejados, la costa africana parece asomarse en la distancia, presencia silenciosa y constante en la vida del archipiélago. Después de las multitudes de Madrid, de la intensa espiritualidad de Barcelona y del abrazo a los internos e internas de la prisión de Brians 1, el Papa ha querido concluir precisamente aquí su viaje por España, en una de las fronteras donde se hacen visibles cada día las contradicciones de nuestro tiempo
Canarias, puerta atlántica entre dos continentes
Canarias no es solo un destino turístico, es también uno de los principales puntos de llegada de la ruta migratoria atlántica, el recorrido desesperado que cada año emprenden miles de hombres, mujeres y niños desde las costas de África occidental en busca de un futuro posible. Una travesía larga, peligrosa y con frecuencia mortal. Una franja de agua que separa continentes, pero une destinos. Los pescadores de las islas conocen bien el significado de esas rutas. Las mismas aguas que sostienen el turismo y la pesca son también el corredor por el que llegan embarcaciones cargadas de personas procedentes de Senegal, Mauritania, Malí, Gambia y otros países del África subsahariana. No es casualidad que León XIV haya querido terminar aquí su viaje. Desde los primeros meses de su pontificado, la cuestión migratoria se ha consolidado como uno de los ejes de su magisterio, en clara continuidad con el Papa Francisco, aunque con un acento propio, la insistencia en la dignidad de la persona antes que en las categorías políticas con las que a menudo se interpreta el fenómeno migratorio.
Partir de las personas
Así, mientras el debate público europeo continúa dividido entre seguridad y acogida, entre fronteras e integración, el Pontífice elige partir de las personas. De los rostros. De las historias. De las heridas. Canarias se convierte entonces en algo más que la última etapa del viaje, se transforma en una clave de lectura de todo el recorrido español. Esa clave había aparecido ya la víspera, en la iglesia de Sant Agustí, en pleno corazón del Raval barcelonés, uno de los barrios más vulnerables de la ciudad por la pobreza, la inmigración y la exclusión social. Allí se encuentra lo que muchos conocen como la “catedral de los pobres”. Ante León XIV, Cristina, secretaria general de Cáritas Diocesana de Barcelona, relató la realidad de las más de 63.000 personas acompañadas por la institución durante 2025, familias obligadas a vivir en habitaciones subarrendadas, ancianos que afrontan la soledad y trabajadores que, aun teniendo empleo, no consiguen salir de la pobreza. Xavier, director de Obinso, entidad dedicada al acompañamiento de personas con adicciones, recordó las palabras de su fundador, el padre Pere Cornelles, “No se trata tanto de resolver la vida de las personas como de no darles la espalda”. Una frase que parece acompañar también la última etapa del viaje.
Sor Encarna, religiosa adoratriz, llevó hasta el Papa las historias de mujeres víctimas de la trata, marcadas por la violencia, la explotación y el desarraigo, pero también capaces de mostrar que el mal nunca tiene la última palabra. Y, sin embargo, la voz que más resonó fue la de Renzo, un niño de apenas seis años. En una carta entregada al Pontífice formuló las preguntas que los adultos a menudo dejan de hacerse: “¿Por qué hay personas que viven en la calle? ¿Nadie las ve? ¿Nadie las ayuda? ¿Por qué existen pobres y ricos? ¿Por qué los abuelos se quedan solos? ¿Hay que perdonar siempre?”.
Preguntas sencillas y desarmantes. Preguntas que parecen llegar también hasta estas costas atlánticas. Preguntas que atraviesan todas las etapas del viaje, las instituciones de Madrid, las periferias del Raval y las fronteras del océano.
Historias marcadas por el dolor y la esperanza
Porque en Canarias cambian los paisajes, pero no las cuestiones de fondo. En lugar de las calles de la periferia urbana aparecen las rutas del Atlántico. En lugar de los desahucios, la soledad y las nuevas pobrezas surgen las travesías de hombres, mujeres y niños que confían su vida al mar. Pero la pregunta sigue siendo la misma, quién permanece invisible y quién decide detenerse a mirar. En Madrid, León XIV habló ante el Congreso de los Diputados de la necesidad de superar la polarización. En Brians recordó que nadie puede ser identificado para siempre con su error. Ahora, frente al Atlántico, se encuentra con quienes corren el riesgo de ser reducidos a cifras, estadísticas o emergencias. El escenario que recibe al Pontífice en Arguineguín posee la fuerza de las imágenes que no necesitan explicación. En el puerto se encuentran migrantes, voluntarios de Cáritas, representantes de las instituciones locales y el obispo de la diócesis. Frente al océano se alza una gran cruz construida con la madera de los cayucos y embarcaciones que han atravesado la ruta atlántica. A sus pies, una imagen de la Virgen y flores depositadas en memoria de quienes perdieron la vida intentando alcanzar estas costas. Es aquí donde León XIV escucha testimonios marcados por el dolor, la pérdida y la esperanza. Historias de hombres y mujeres que han conocido el mar como frontera y como prueba extrema. Después pronuncia un discurso claro y directo sobre el deber de reconocer la dignidad inviolable de toda persona humana.
Al término del encuentro, el Papa realiza uno de los gestos más significativos de la jornada. Deposita una ofrenda floral en memoria de los migrantes fallecidos en la ruta atlántica, una de las más mortíferas del mundo. Después bendice la cruz levantada con los restos de las embarcaciones. Por unos instantes, el puerto queda en silencio. La cruz y el mar parecen contar juntos la historia profunda de Canarias. Tierra de llegada, pero también tierra de partida. Un archipiélago que conoce la experiencia migratoria desde ambas orillas del océano y que conserva en su memoria colectiva el recuerdo de quienes un día emprendieron el camino hacia América en busca de una vida mejor.
Quizá por eso León XIV ha querido concluir aquí su viaje apostólico por España. Donde Europa parece terminar en los mapas y recomenzar en el mar. Donde el horizonte africano permanece siempre presente. Y donde siguen llegando las preguntas que atraviesan todo su pontificado, las preguntas sobre la dignidad humana, la fraternidad y el derecho de cada persona a buscar un futuro de esperanza.
Se publicó primero como Las preguntas que llegan del mar
