Comunicado de www.vaticannews.va —
En 1992, el padre Patricio Larrosa llegó a Honduras con la intención de quedarse solo unos años, pero su vocación de servicio lo llevó a dedicar más de tres décadas a acompañar a las comunidades más pobres a través de la educación, la salud y la formación humana, impulsando un proyecto que hoy apoya a más de diez mil estudiantes y moviliza a cientos de voluntarios.
Patricia Ynestroza – Honduras
En 1992, el padre Patricio Larrosa llegó a Honduras con la intención de compartir la fe durante algunos años. Lo que comenzó como una misión temporal se convirtió en una entrega total: más de tres décadas dedicadas a acompañar a las comunidades más pobres a través de la educación, la formación humana y el trabajo comunitario. Hoy, el proyecto que impulsa ha logrado apoyar a más de diez mil estudiantes y ha movilizado a cientos de voluntarios dentro y fuera del país.
Una vocación nacida en la infancia
El origen de esta misión no surgió de un plan calculado, sino de una convicción temprana, como lo afirma el padre a Vatican News. Patricio recuerda que desde los nueve o diez años descubrió en su pueblo natal, Huéneja, que ayudar a los demás “llena mucho el corazón”. Más tarde comprendió que esa experiencia estaba profundamente unida al mensaje de Jesús: vivir con amor, compartir y entregarse.
Esa idea se transformó en una llamada permanente. Según él, Dios invita a todos a colaborar con su vida para construir un mundo mejor, especialmente para quienes más sufren. En su búsqueda por concretar esta vocación, realizó un curso misionero y allí escuchó que Honduras era un país con poco clero y altos niveles de pobreza. Solicitó ser enviado y recibió la oportunidad de integrarse a esa Iglesia.
“Ha sido un gran regalo de Dios”, afirma, recordando que al llegar descubrió que también había muchas personas hondureñas dispuestas a ayudar. Con el tiempo, esa voluntad se organizó y creció.
La constancia como mayor desafío
A lo largo de los años, miles de niños y jóvenes han recibido apoyo desde la guardería hasta la universidad. Para el padre Patricio, el reto más grande no ha sido iniciar, sino mantenerse fiel al mismo objetivo durante más de 33 años.
“Lo más interesante ha sido dedicarse a hacer lo mismo durante treinta y tres años”, dice. Para él, la clave ha sido no rendirse, “no quitar el dedo del renglón”, y concentrar casi todo el esfuerzo en una educación integral, con valores cristianos y compromiso humano.
El religiosos reconoce que el camino no habría sido posible sin la fe: “Dios ha sido la gran ayuda”, repite con sencillez, atribuyendo a esa fuerza interior la capacidad de sostener el trabajo durante tanto tiempo.
Educar para la independencia
Uno de los principios fundamentales del proyecto es acompañar a las personas para que lleguen a ser independientes. Para el padre Patricio, esa independencia no significa únicamente tener recursos económicos, sino alcanzar la madurez personal y comunitaria.
Se trata de desarrollar las cualidades que Dios ha dado a cada ser humano: inteligencia, voluntad, conocimiento, capacidad de organización, solidaridad y servicio. La independencia, explica, es formar personas capaces de reflexionar, decidir y amar.
Este proceso no ocurre de manera automática afirmó: se construye en comunidad y se aprende cada día en lo que él llama “la escuela de Jesús”, un aprendizaje constante que dura toda la vida.
«Esta chica es una de las jóvenes colaboradoras del proyecto, que vienen a la escuela santa Teresa a ayudar a niños con problemas de aprendizaje y que necesitan una atención especial. Viene a colaborar media jornada y otra media jornada va a estudiar a la universidad. También los muchachos que estudian bachillerato en la escuela colaboran de voluntarios durante algunas horas cada semana para que aprendan a ayudar ya que es una de las asignaturas más importantes que queremos enseñar en la escuela», afirma sobre esta foto el padre.
Más allá de la escuela: salud, vivienda y alimentación
Aunque la educación es el eje central, el proyecto también trabaja en áreas como alimentación, salud, vivienda y construcción de escuelas. Estas acciones no se realizan solo para cubrir necesidades inmediatas, sino también como parte de la formación comunitaria.
Según el padre Patricio, cada proyecto busca enseñar a las personas cómo organizarse, capacitarse y ejecutar iniciativas que fortalezcan el desarrollo de sus comunidades. La meta es que los propios habitantes puedan transformar su entorno.
Ese impacto ya se refleja en historias concretas: jóvenes que salieron de sus aldeas, se formaron profesionalmente y regresaron como maestros, enfermeras, ingenieros o técnicos para servir a su gente y generar cambios duraderos.
En esta foto, nos cuenta el padre, «la señora en el huerto de su casa es un proyecto de huertos familiares que lleva un muchacho que estudió con con la fundación, ingeniero agrícola en Intíbucá. El joven se llama Amadeo, estudió en la escuela agrícola de Catacamas y pudo hacer un máster en la universidad de Córdoba España».
Voluntariado: construir una comunidad humana
El trabajo no sería posible sin el apoyo de voluntarios. Actualmente participan alrededor de 800 personas y existe respaldo desde distintas ciudades, especialmente en España. Para el padre Patricio, el voluntariado no es solo un apoyo operativo: es parte del sentido profundo del proyecto.
Él lo define como una expresión del mensaje cristiano: construir una comunidad donde se aprenda a vivir como hermanos, reconociendo a Dios como Padre común. Por eso, el proyecto se mantiene abierto a cualquier persona que quiera aportar su “granito de arena”.
“Todos tenemos algo para dar y todos tenemos necesidad de recibir algo”, señala. Para él, lo importante es generar espacios donde compartir sea posible. Cada año llegan personas de diferentes edades y realidades, unidas por el deseo de ayudar y convivir.
Un premio como impulso, no como meta
El proyecto recibió el Premio de Derechos Humanos Rey de España, un reconocimiento importante que el padre Patricio recuerda con alegría. Sin embargo, insiste en que el valor del premio está en el impulso que genera, no en el prestigio.
Fue, dice, un motivo de ánimo para seguir adelante y continuar creando espacios de solidaridad en un mundo lleno de desafíos. Aunque reconoce que lo que pueden hacer es pequeño frente a la magnitud de los problemas, afirma que eso no justifica la inacción.
“Lo peor —decía Santa Teresa de Calcuta— es la indiferencia”, recuerda. Y concluye con un mensaje claro para quienes apoyan desde otros países: la unión de pequeñas acciones puede mejorar el mundo.
“Lo poco de muchos unidos hace mejorar algo el mundo. Merece la pena intentarlo.”
«Hacemos un encuentro en el pueblo donde nací que se llama Huéneja (Granada) España de todos los colaboradores y amigos de la misión en Honduras. El lugar son unos castaños que tienen aproximadamente 2000 años. Los participantes llegan en la mañana y alrededor de las 12 o 1:00 de la tarde celebramos la Eucaristía. Y después el Alcalde del pueblo invita a todos a un arroz. Los participantes llevan también comidas de sus pueblos típicas y compartimos. Los jóvenes hondureños que están en España estudiando se hacen presentes, agradecen a todas las personas que ayudan y comparten también su testimonio de vida.»
Una misión que sigue creciendo
La historia del padre Patricio Larrosa es la historia de una decisión sostenida: permanecer, acompañar y creer en la dignidad de los más pobres. Lo que empezó con un pequeño grupo de monaguillos se convirtió en una red que ha cambiado miles de vidas. Su testimonio no habla de milagros inmediatos, sino de constancia, comunidad y esperanza construida día a día.
En la provincia de Granada, España. Desde un pueblo que se llama Durkal se mandan contenedores a Honduras. Actualmente se envían desde otro pueblo que se llama Purullena. También se envían camiones contenedores desde Fuengirola en Málaga, Sevilla Pamplona y Madrid.
Se publicó primero como Padre Patricio Larrosa: 33 años acompañando la esperanza en Honduras










