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Crónica | Marruecos, el Golfo y Argelia: cuando los alineamientos árabes se fracturan y el Sáhara Occidental se convierte en un punto de presión

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En los últimos meses se ha producido un cambio sutil pero profundo en la forma en que se trata a Marruecos en algunas partes del mundo árabe. No ha habido una ruptura diplomática formal ni una declaración abiertamente hostil, pero han surgido una serie de señales persistentes: un tono más frío en los medios, una creciente ambigüedad en torno al Sáhara Occidental, una mayor visibilidad otorgada a Argelia en ciertos medios árabes y una nueva tolerancia hacia las narrativas que relativizan lo que Rabat considera no negociable.

Consideradas individualmente, estas señales pueden parecer anecdóticas. En conjunto, revelan un realineamiento estratégico más profundo, característico de un mundo árabe post-solidaridad en el que las causas históricas dan paso cada vez más a equilibrios de poder, rivalidades tácticas y ambigüedad calculada.

El Sáhara Occidental no es, para Marruecos, una cuestión diplomática periférica. Se encuentra en el corazón mismo de la identidad nacional, la continuidad territorial y la legitimidad política. Anteriormente administrado por España, el territorio fue reintegrado a Marruecos en 1975 tras la Marcha Verde. Desde entonces, el Frente Polisario, respaldado política y diplomáticamente por Argelia, ha reclamado la independencia. El alto el fuego mediado por la ONU en 1991 congeló el conflicto sin resolverlo, encerrando el expediente en un punto muerto prolongado.

La propuesta de autonomía de Marruecos de 2007 bajo soberanía marroquí se convirtió gradualmente en la columna vertebral de su estrategia diplomática. Con el tiempo, este marco ganó fuerza entre los socios occidentales como la única solución realista y viable, un cambio que explica por qué la batalla en torno al expediente se ha intensificado precisamente ahora. Para Rabat, la fase actual ya no se trata de gestionar un conflicto congelado, sino de consolidar un resultado político.

Esta dinámica alcanzó un punto de inflexión simbólico con el 31 de octubre. Originalmente una fecha límite técnica de la ONU que marcaba la renovación anual del mandato de la MINURSO, la fecha fue elevada por Mohammed VI al estado de fiesta nacional dedicada a la unidad y la integridad territorial. Al sacralizar esta fecha, Marruecos envió un mensaje claro tanto a sus socios como a sus rivales: el Sáhara Occidental ya no es un expediente negociable sujeto a interminables retrasos procesales, sino un componente integral e irreversible de la soberanía marroquí.

Este impulso político es precisamente lo que Argelia busca frenar. Desde la perspectiva de Argel, el objetivo no es necesariamente asegurar una victoria diplomática inmediata, sino impedir una consolidación irreversible del marco marroquí. La estrategia de Argelia se basa en ampliar las asociaciones diplomáticas, aprovechar su papel como proveedor de energía, ocupar espacio mediático y narrativo e inyectar incertidumbre ante futuros hitos de la ONU. El objetivo no es imponer una solución alternativa, sino mantener el proceso lo suficientemente ambiguo como para retrasar el cierre.

A nivel regional, el papel de los Emiratos Árabes Unidos es central. Abu Dabi se ha convertido en uno de los socios estratégicos más consistentes de Marruecos, compartiendo una visión centrada en la estabilidad del Estado, la oposición al Islam político y la diplomacia pragmática. Esta asociación va más allá de la cooperación bilateral. Los Emiratos Árabes Unidos fueron uno de los primeros estados árabes en formalizar relaciones con Israel a través de los Acuerdos de Abraham, y Marruecos lo siguió en 2020, adoptando la normalización como una opción estratégica calculada vinculada a la cooperación en materia de seguridad, el intercambio tecnológico y la influencia diplomática.

A nivel regional, esta alineación tiene consecuencias. Marruecos y los Emiratos Árabes Unidos son percibidos como actores dispuestos a asumir opciones estratégicas claras, incluida la normalización, mientras que otras capitales continúan navegando por la ambigüedad. Este contraste alimenta rivalidades más amplias dentro del Golfo.

Aquí es donde la posición de Arabia Saudita se vuelve particularmente delicada. Riad no es hostil a Marruecos por defecto e históricamente la relación ha sido sólida. Sin embargo, Arabia Saudita está navegando actualmente por una ecuación compleja: afirmar un liderazgo simbólico en los mundos árabe y sunita mientras gestiona el expediente israelí como un pilar central de su legitimidad regional.

A diferencia de los Emiratos Árabes Unidos y Marruecos, Arabia Saudita sigue afirmando públicamente que la normalización con Israel está condicionada a la creación de un Estado palestino. Esta postura no es meramente diplomática; es fundamental para el reclamo de liderazgo de Riad. En un contexto de creciente rivalidad con Abu Dhabi, Arabia Saudita tiene interés en posicionarse como guardián de las líneas rojas árabes. En esta competencia narrativa, la proximidad de Marruecos tanto a los Emiratos Árabes Unidos como a Israel se convierte menos en una causa de confrontación que en una palanca en una batalla más amplia de legitimidad e influencia.

Egipto, bajo Abdel Fattah al-Sissi, adopta una postura más cautelosa y táctica. El Cairo no tiene ningún interés en una ruptura abierta con Rabat, pero depende profundamente de Riad económica y estratégicamente. Por tanto, su alineación está calibrada. Los medios egipcios reflejan cada vez más esta distancia, alejándose del apoyo automático a la posición de Marruecos sin respaldar abiertamente la narrativa argelina.

Lo que se está desarrollando hoy no es un frente árabe antimarroquí, sino una fase de presión indirecta en la que el Sáhara Occidental se convierte en una palanca dentro de rivalidades regionales más amplias. Para Marruecos, sin embargo, este expediente sigue siendo una línea roja absoluta. No es una moneda de cambio ni una variable que deba ajustarse en respuesta a alianzas cambiantes. Las alianzas pueden evolucionar y las narrativas pueden fluctuar, pero la centralidad del Sáhara Occidental para la soberanía marroquí no.

Jugar con esa realidad, incluso tácticamente, es una estrategia de alto riesgo.



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