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«Tomarse de la mano», el antiguo significado de la tregua olímpica

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Comunicado de www.vaticannews.va —

En vísperas de los Juegos Olímpicos de Invierno de Milán-Cortina 2026, una antigua costumbre resurge en el debate público. La suspensión simbólica del conflicto que acompaña a los Juegos Olímpicos tiene sus raíces en el mundo griego, donde el respeto por los tiempos sagrados y los espacios compartidos posibilitaba los encuentros incluso entre ciudades en guerra. Recorrer su historia implica cuestionar el valor de las fronteras, tanto de ayer como de hoy.

María Milvia Morciano – Ciudad del Vaticano

Tucídides observa que incluso en la guerra, los hombres recurren a acuerdos cuando la necesidad lo exige ( Guerra del Peloponeso V, 26). El conflicto no borra todas las reglas: ni siquiera la violencia, parece sugerir el historiador ateniense, carece de límites. De esta consciencia —firme, concreta, desprovista de ilusiones— nació la Tregua Olímpica en el mundo griego antiguo. No como una promesa de paz, sino como el reconocimiento de un límite: un tiempo alejado del conflicto, necesario para la continuidad de la vida en común.

  Ánfora Panatenea de figuras negras, 530 a. C., atribuida al Pintor de Eufileto, ca. 530 a. C. La cara B muestra una carrera a pie entre cinco jóvenes. Museo Metropolitano de Arte, Nueva York.

«Tomarse de la mano», el antiguo significado de la tregua olímpica

Ánfora Panatenea de figuras negras, 530 a. C., atribuida al Pintor de Eufileto, ca. 530 a. C. La cara B muestra una carrera a pie entre cinco jóvenes. Museo Metropolitano de Arte, Nueva York.

Una palabra antigua que vuelve al presente

En vísperas de los Juegos Olímpicos de Invierno de Milán Cortina 2026, una expresión de larga data resurge en el discurso público: la llamada Tregua Olímpica. No es un eslogan ni una fórmula ritual. Es un llamado que acompaña cada edición de los Juegos y que, incluso hoy, cuestiona la relación entre el deporte, la política y la responsabilidad colectiva.

Para el Comité Olímpico Internacional, la Tregua Olímpica para Milán Cortina 2026 comienza el 30 de enero de 2026, siete días antes de la ceremonia inaugural de los Juegos, y está previsto que dure hasta el séptimo día después de la conclusión de los Juegos Paralímpicos de Invierno. En noviembre de 2025, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó una resolución que instaba a los Estados Miembros a respetar este principio en el período que rodea a los Juegos Olímpicos y Paralímpicos. Este llamado carece de fuerza coercitiva, pero no carece de significado: se basa en las palabras y en su capacidad para guiar el comportamiento de los Estados.

  El Templo de Zeus en Olimpia, en la región de Élide, construido en estilo dórico entre 472 y 456 a.C.

  El Templo de Zeus en Olimpia, en la región de Élide, construido en estilo dórico entre 472 y 456 a.C.

El Templo de Zeus en Olimpia, en la región de Élide, construido en estilo dórico entre 472 y 456 a.C.

La tregua hoy

En el mundo contemporáneo, la tregua olímpica no coincide con un alto el fuego formal. No genera obligaciones legales ni sanciones. Es, más bien, una suspensión simbólica, una solicitud explícita de protección —para atletas, delegaciones y civiles— en una época marcada por un conflicto abierto. Su poder reside en el gesto: un recordatorio de que hay momentos en que la competición debe detenerse, y que incluso la violencia puede cesar, al menos por un tiempo limitado.

Una raíz griega

Esta palabra, sin embargo, no es moderna. Tiene sus raíces en el mundo griego, donde la Tregua Olímpica era conocida como ekecheiria . El término deriva del verbo ἔχειν ( mí mismo , “sostener”) y el sustantivo χείρ ( tener , “mano”): literalmente, “tomar de las manos”. No una ausencia de conflicto, sino un gesto concreto de suspensión, el signo visible de un acuerdo que prohíbe, por un tiempo específico, tomar las armas. Esta imagen —la mano que agarra no la espada sino otra mano— condensa el significado más profundo de la Tregua Olímpica: no la negación de la guerra, sino la elección compartida de ponerle fin.

  Ánfora Panatenea de figuras negras utilizada como premio de pentatlón, ática, ca. 530 a. C., que representa a un lanzador de disco. Rijksmuseum van Oudheden, Leiden.

  Ánfora Panatenea de figuras negras utilizada como premio de pentatlón, ática, ca. 530 a. C., que representa a un lanzador de disco. Rijksmuseum van Oudheden, Leiden.

Ánfora Panatenea de figuras negras utilizada como premio de pentatlón, ática, ca. 530 a. C., que representa a un lanzador de disco. Rijksmuseum van Oudheden, Leiden.

Cuando nace la tregua

Según la antigua tradición, el establecimiento de la Tregua Olímpica se remonta al siglo VIII a. C., el mismo momento en que los Juegos adquirieron una forma estable y panhelénica. Pausanias recuerda que Ifito de Élide, tras consultar al dios, restableció los Juegos Olímpicos y la tregua, con el acuerdo de Licurgo de Esparta y Cleóstenes de Pisa. El pacto, según el autor, fue grabado en un disco de bronce conservado en el santuario de Hera en Olimpia, con las letras dispuestas en círculo ( Descripción de Grecia, V, 20, 1-2), una forma que puede interpretarse como la imagen de un acuerdo destinado a encerrar y proteger.

  El sitio arqueológico de Olimpia.

  El sitio arqueológico de Olimpia.

El sitio arqueológico de Olimpia.

Las fuentes antiguas

Además de los testimonios ya citados, otras voces del mundo antiguo contribuyen a clarificar el sentido y la importancia de los Juegos. No describen directamente la tregua olímpica, pero nos ayudan a comprender el contexto cultural y simbólico en el que se forjó. Píndaro, el poeta de las victorias olímpicas, celebra los Juegos como un tiempo apartado de lo ordinario. En los Juegos Olímpicos, la competición nunca se reduce a una prueba de fuerza, sino que se inscribe en un orden más amplio, confiado a los dioses, en el que la gloria del atleta solo es posible porque hay una medida que la precede. La fiesta olímpica aparece así como un momento de equilibrio, incluso antes de la confrontación.

Heródoto, también, en sus reflexiones históricas, nos permite vislumbrar la existencia de vínculos capaces de resistir el conflicto. En su relato de las Guerras Médicas, recuerda cómo las prácticas compartidas —lengua, cultos, costumbres— contribuyen a mantener un horizonte común ( Historias VIII, 144). No se trata de una noción de identidad cerrada, sino de la conciencia de que la vida colectiva se fundamenta en elementos reconocidos, entre los que también se incluyen las grandes festividades panhelénicas.

Leídos en conjunto, estos textos no ofrecen una definición de la Tregua Olímpica, pero sí iluminan su premisa más profunda: la idea de que existen momentos y espacios en los que la comunidad está llamada a reconocerse, incluso cuando el conflicto se extiende a lo largo de la historia.

  El sitio arqueológico de Olimpia.

  El sitio arqueológico de Olimpia.

El sitio arqueológico de Olimpia.

Una norma compartida

La ekecheiria no era un ideal abstracto. Era una institución reconocida, proclamada antes de los Juegos y fundada en la autoridad religiosa del santuario. Durante ese período, el acceso a Olimpia debía permanecer libre y la violencia debía suspenderse, al menos a lo largo de las rutas y en el espacio sagrado.

Tucídides señala que la tregua podía romperse, y que por esta misma razón tenía valor político. En su relato del conflicto entre Élide y Esparta, el historiador menciona la acusación formulada contra los espartanos por violar la ekecheiria con operaciones militares en territorio eleo ( Guerra del Peloponeso, V, 49-50). El hecho mismo de que una violación pudiera ser denunciada y discutida muestra que la tregua funcionaba como una norma compartida: una referencia concreta en las relaciones entre las ciudades griegas, contra la cual se medían la responsabilidad y la legitimidad.

  El Estadio de Olimpia, el lugar donde se celebraban los antiguos Juegos Olímpicos.

  El Estadio de Olimpia, el lugar donde se celebraban los antiguos Juegos Olímpicos.

El Estadio de Olimpia, el lugar donde se celebraban los antiguos Juegos Olímpicos.

El tiempo de lo sagrado

El propio santuario hizo posible la tregua. Los Juegos Olímpicos eran, ante todo, una celebración religiosa. Zeus garantizaba el orden del tiempo y el espacio, y su culto imponía límites a la acción humana. Durante la celebración, la guerra debía estar «afuera». No cesar, sino retroceder. Fue en este espacio delimitado donde se forjó la tregua: un tiempo libre de violencia, protegido no por ejércitos, sino por el reconocimiento compartido de lo sagrado.

Un legado que cuestiona el presente

Cuando las Naciones Unidas reviven, hoy, el lenguaje de la Tregua Olímpica, no están reviviendo una ilusión de armonía. Están reviviendo una idea ancestral: que la coexistencia humana requiere límites reconocidos. La tregua no promete paz. Más bien, exige el reconocimiento de un límite. Y en su naturaleza frágil, temporal e incompleta, continúa diciendo algo esencial sobre cómo las sociedades —antiguas y modernas— intentan convivir con el conflicto sin rendirse a él.

Se publicó primero como «Tomarse de la mano», el antiguo significado de la tregua olímpica

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