Comunicado de www.vaticannews.va —
El primer laboratorio de fertilización in vitro totalmente automatizado abrirá sus puertas en Estados Unidos. La novedad reside en que la tecnología intervendrá directamente en el proceso de procreación biológica, sin intervención humana. Esto plantea el riesgo de que el algoritmo seleccione el embrión. Para Laura Palazzani, miembro de la Academia Pontificia para la Vida, «la cuestión crucial no es solo si la plataforma funciona, sino qué idea de vida contribuye a difundir».
Davide Dionisi – Ciudad del Vaticano
«Aura» es el nombre del primer laboratorio de fertilización in vitro (FIV) totalmente automatizado, inaugurado a principios de este mes por Ivi Rma Globalla mayor red internacional de medicina reproductiva, junto con Ciencias de la vida concebibles. Tras su puesta en marcha el próximo año, en Estados Unidos, se expandirá posteriormente a Europa, Latinoamérica y Oriente Medio, integrando robótica, algoritmos y automatización en los laboratorios de FIV.
La innovación reside en que la tecnología intervendrá directamente en el proceso de procreación biológica, sin la intervención de un médico. El mayor desafío radica en el peligro de que la procreación humana se reduzca a un proceso técnico de producción y selección, y de que el embrión humano se considere cada vez más un producto tecnológico susceptible de optimización.
De la tecnología como herramienta a la tecnología como agente
«Aura, una plataforma de Inteligencia Artificial (IA) física, está diseñada para automatizar numerosos pasos en la fertilización in vitro: desde el encuentro entre el óvulo y el espermatozoide hasta la observación del desarrollo embrionario, pasando por la evaluación de los embriones para su transferencia.
El objetivo declarado es aumentar la precisión y la eficiencia, reducir los errores manuales, aliviar la carga de trabajo repetitiva de los embriólogos y estandarizar la calidad de los tratamientos», explica Laura Palazzani, bioeticista, catedrática de Filosofía del Derecho y miembro de la Academia Pontificia para la Vida.
El cambio bioético consiste en pasar de considerar la tecnología como una herramienta a verla como un agente operativo, físico y decisorio. La procreación humana corre el riesgo de ser interpretada como una secuencia de procedimientos que deben optimizarse. Sin embargo, la procreación implica el sufrimiento derivado de la infertilidad, el cuerpo de la mujer, la relación de pareja, la responsabilidad parental, el estado del embrión y el bienestar del futuro hijo.
La tecnología puede apoyar el proceso clínico, pero no sustituir la relación, el criterio y la responsabilidad del médico. Por lo tanto, la información, el asesoramiento y el apoyo humano siguen siendo esenciales en cada etapa, continúa el experto.
Una nueva forma de procreación asistida
Entonces, ¿podemos seguir hablando de «procreación médicamente asistida» cuando la asistencia también se confía a un sistema físico de IA? La profesora Palazzani argumenta: «Podríamos hablar, al menos descriptivamente en la etapa actual, de procreación médicamente asistida altamente automatizada. De hecho, el término al que estamos acostumbrados, procreación médicamente asistida, se refiere explícitamente a la asistencia de médicos y otros profesionales de la salud, no solo en términos de presencia física, sino también en términos de acompañamiento del proceso a través de la evaluación clínica (diagnóstico de infertilidad o acceso a tecnologías reproductivas, elección de tratamientos y seguimiento, recolección y procesamiento de gametos, fertilización in vitro, cultivo y transferencia de embriones), supervisión de procedimientos y rendición de cuentas por las decisiones».
«El acompañamiento», continúa la profesora de la Lumsa, «se produce en un contexto relacional de información y escucha. Si un sistema automatizado no se limita a la automatización operativa, es decir, a realizar tareas bajo la dirección del médico, sino que asume funciones operativas y de toma de decisiones autónomas, no solo cambia la herramienta utilizada, sino la naturaleza misma de la atención. El nuevo léxico debería visibilizar el grado de automatización: podría denominarse procreación tecnológicamente automatizada».
El riesgo de selección confiado a los algoritmos
Por lo tanto, existe un riesgo bioético específico cuando un algoritmo, y no solo el embriólogo, evalúa y selecciona embriones para su transferencia. «Es necesario aclarar qué decisiones se confían al algoritmo, cuál es su grado de autonomía y qué control humano permanece efectivo», subraya Palazzani, destacando que «las cuestiones principales se refieren a la fiabilidad de la tecnología en términos de seguridad y eficacia, la calidad de los datos utilizados para su entrenamiento, los posibles sesgos que reducen la fiabilidad o pueden perjudicar a ciertos grupos de pacientes, y la explicabilidad de los criterios adoptados para que el algoritmo sea comprensible y rastreable. Incluso una evaluación presentada como exclusivamente clínica, basada en la probabilidad de implantación y desarrollo embrionario, puede introducir una lógica de exclusión y optimización de la vida humana».
Por consiguiente, continúa, «es necesario saber con qué datos se entrenó el sistema, qué características considera favorables y cuál es el margen de error. La línea entre la búsqueda del éxito del embarazo y una mentalidad selectiva puede desdibujarse. Además, está la cuestión de la responsabilidad».
Cuando intervienen un médico, un embriólogo, una clínica, un productor y un diseñador de algoritmos, existe el riesgo de que la responsabilidad se diluya. Por lo tanto, siempre debe ser identificable la persona que toma las decisiones. El consentimiento informado también debe ser específico: la pareja debe saber qué pasos se automatizan, qué datos se recopilan, cómo se evalúan los embriones, qué evidencia clínica existe y qué incertidumbres persisten, así como la posible opacidad del sistema. Un consentimiento genérico para el uso de la inteligencia artificial no sería suficiente.
La persona en el centro de la innovación
¿Qué significa, en este contexto, proteger la vida humana naciente desde una perspectiva personalista, y qué límites concretos deberían imponerse a la tecnología? La profesora Palazzani lo tiene claro: «La perspectiva personalista reconoce la dignidad de la vida humana desde su inicio. El embrión no es un producto de laboratorio ni un simple objeto de clasificación, sino una frágil vida humana, confiada a la responsabilidad de otros y merecedora de protección».
El riesgo cultural de la automatización, argumenta, reside en que «el niño es percibido como el resultado esperado de un proceso de producción, sujeto a criterios de eficiencia, selección y control. Una visión auténticamente humana de la generación, en cambio, reconoce al niño como un don y un individuo digno de ser acogido, no como un producto a perfeccionar».
Según la profesora, los límites concretos de uso deberían incluir, como mínimo, «supervisión humana real y no formal; validación clínica independiente de la fiabilidad; transparencia y trazabilidad de los criterios algorítmicos; prohibición del uso de criterios no relacionados con fines clínicos estrictamente definidos; clara atribución de responsabilidades; protección de datos; consentimiento informado específico; y verificación de la igualdad de acceso».
La cuestión crucial, concluye la profesora Laura Palazzani, «no es simplemente si la plataforma funciona, sino qué visión de la vida, la paternidad y el nacimiento contribuye a difundir. La bioética no es hostil a la innovación: exige que esta permanezca al servicio del individuo, especialmente, de los más vulnerables, y que no sustituya la prudencia, el discernimiento, las relaciones y la responsabilidad moral. La medicina reproductiva requiere escucha, apoyo psicológico y la capacidad de reconocer las limitaciones. Ningún algoritmo puede asumir plenamente estas tareas».
Se publicó primero como Procreación asistida: el papel de la IA divide a la bioética
