Comunicado de www.vaticannews.va —
A más de 400 kilómetros de Bogotá y a unos 120 kilómetros de la costa del Pacífico se encuentra Cali, la tercera ciudad más grande de Colombia y encrucijada de migración interna, pobreza urbana y tensiones vinculadas al conflicto armado. Es aquí donde un misionero javeriano, que prefiere permanecer en el anonimato, comparte lo que significa vivir y poner en práctica las directrices del episcopado colombiano.
Guglielmo Gallone – Ciudad del Vaticano
Imparcialidad, prudencia, sabiduría y auténtica atención pastoral: estas son las cuatro actitudes que la Conferencia Episcopal Colombiana (CEC) pide a los sacerdotes del país de cara a las elecciones presidenciales del sábado 31 de mayo, en una Colombia aún asolada por la violencia, el narcotráfico y profundas tensiones sociales.
El mensaje de la Conferencia Episcopal
En un mensaje dirigido al clero, los obispos les instan a evitar alineaciones políticas que puedan «avivar las divisiones sociales», reafirmando el papel de la Iglesia como presencia de acompañamiento y reconciliación en uno de los momentos más delicados de la vida pública colombiana. «Los cristianos no votan por ‘salvadores’, sino por programas que respeten la dignidad humana, la justicia social y el cuidado de nuestra casa común», escribieron los obispos en su mensaje publicado el 21 de mayo.
A continuación, delinearon cuatro criterios para el futuro del país: la defensa de la vida y la paz, con especial atención a la protección de los líderes y al respeto de los acuerdos con quienes han depuesto las armas; la justicia social; la ética y la transparencia, favoreciendo a los candidatos con «integridad moral probada» frente a la corrupción, que definen como «una gangrena que roba el pan a los pobres»; y el rechazo a la polarización y la violencia verbal.
Un contexto aún violento
Estas palabras se pronuncian en un contexto aún marcado por las consecuencias del conflicto, que ha provocado el desplazamiento interno de al menos siete millones de personas. «No podemos quedarnos solo con las imágenes aisladas de los ataques», nos dice la hermana Arelis Gaviria Montoya, quien dirige el departamento de Estado laico de la CEC en Bogotá.
«El trabajo que realizan los obispos se centra, ante todo, en escuchar», añade Gaviria. Recordemos que el Sínodo sobre la sinodalidad propone un enfoque pastoral basado en la escucha. Esto significa acercarse a las víctimas del conflicto, escucharlas sin juzgarlas y sin obligarlas a relatar experiencias traumáticas que podrían reabrir heridas. En cambio, buscamos reconocer y acoger las emociones: la tristeza por la pérdida violenta de seres queridos, la ira generada por el conflicto, el miedo que afecta a los campesinos, los pueblos indígenas y las personas afrodescendientes, pero también la confusión que persiste tras tantos ataques.
Existe gran preocupación por el envejecimiento de la población, explica la hermana Arelis. Colombia solía ser un país con una alta tasa de natalidad, y hoy este cambio se percibe con inquietud. Por ello, varias parroquias y templos se han convertido en refugios donde niños, jóvenes y ancianos pueden sentirse protegidos, respetados y acogidos.
Los esfuerzos de la Iglesia
Aquí, la hermana Arelis insiste: «La Iglesia promueve la educación para la paz y la reconciliación. Organizamos talleres y programas de apoyo para evitar que la violencia se normalice, buscando en cambio promover la resolución pacífica de conflictos, la empatía, el diálogo y el perdón». Esta es una labor que la Conferencia Episcopal «lleva realizando desde hace muchos años, junto con Caritas Internationalis y el Ministerio de Pastoral Social, a través de iniciativas llamadas «tejidos de paz», es decir, caminos para construir una cultura de paz y reconciliación, promoviendo un liderazgo comunitario atento a la defensa de la vida».
De Bogotá a Cali
A más de 400 kilómetros de Bogotá y a unos 120 kilómetros de la costa del Pacífico se encuentra Cali, la tercera ciudad más grande de Colombia y encrucijada de migración interna, pobreza urbana y tensiones vinculadas al conflicto armado. Es aquí donde un misionero xaveriano, que prefiere permanecer en el anonimato, describe lo que significa vivir y poner en práctica las directrices de la Conferencia Episcopal Colombiana.
«Nosotros, los xaverianos», nos dice, «llevamos cuarenta años en esta zona, es decir, desde que era la zona más pobre del país». El sacerdote vive en la parte occidental de la ciudad, en un suburbio creado por la migración masiva desde la costa del Pacífico. «En aquellos tiempos, la pobreza era terrible: no había agua ni teléfono. Era una situación imposible. Ahora, sin embargo, se ha desarrollado mucho y la vida es un poco menos complicada que antes». Aunque sigue siendo una zona marginal, Aguablanca ha crecido con la llegada de miles de familias afrocolombianas de pueblos a lo largo del Pacífico.
Cali, explica el misionero, se ha convertido con el tiempo en el principal centro de atracción de toda la región: conectada con el puerto de Buenaventura, el más importante de Colombia en el Pacífico, representa un centro económico clave para las importaciones de Asia y el comercio con el resto de Sudamérica. «Por esta razón, se ha producido una fuerte migración desde los pequeños pueblos y aldeas de la costa del Pacífico, donde el 99 por ciento de la población es afroamericana».
Entre el desplazamiento y la violencia
Un fenómeno impulsado no solo por la búsqueda de trabajo, sino también por la violencia armada y el desplazamiento interno. «Muchos campesinos, para salvar sus vidas, se vieron obligados a abandonar las montañas y el campo y buscar refugio donde pudieran encontrar trabajo. Muchos llegaron a Cali, al igual que otros de la costa del Pacífico se trasladaron a Medellín». Miles de familias también fueron empujadas a la ciudad por las consecuencias del terremoto y el tsunami que azotaron Tumaco, cerca de la frontera con Ecuador. Pero la migración continúa hoy, impulsada por la persistente inestabilidad en las zonas rurales, la corrupción y la insurgencia que, a pesar de los acuerdos de 2016, continúa sin cesar. Pero, como muchos misioneros locales con los que hemos hablado en los últimos días se empeñan en reiterar, aunque la muerte sea cada vez más noticia que la vida, en este país la vida prevalece sobre la muerte. De lo contrario, ya estaría muerta.
Se publicó primero como Colombia: De Bogotá a Cali, el compromiso misionero y episcopal

