Comunicado de www.vaticannews.va — ![]()
La guerra contra Irán se extiende también al país de los cedros: las bombas israelíes alcanzan objetivos de las milicias chiitas proiraníes de Hezbolá en muchos pueblos y ciudades del sur. El testimonio de un religioso maronita de Sidón, una de las zonas más afectadas por el conflicto: «La gente lo está abandonando todo para intentar desplazarse a las zonas del norte, aparentemente más seguras. Los cristianos se sienten atrapados y solos. No hay nadie que les ayude».
Federico Piana – Ciudad del Vaticano
Sidón casi ha desaparecido. O, mejor dicho: está desapareciendo lentamente. Desde que la guerra contra Irán se ha extendido también al sur del Líbano, con decenas de muertos y heridos, la ciudad, situada a unos cuarenta kilómetros de la capital, Beirut, se está despoblando lentamente. Cada bombardeo del ejército israelí destinado a alcanzar los puestos avanzados desde los que las milicias chiitas proiraníes de Hezbolá siguen lanzando una lluvia de misiles hacia Israel, provoca una hemorragia de gente que intenta huir abandonando sus casas, sus tiendas y sus trabajos. Todo. Miles de personas se están volcando a las carreteras que conducen a las montañas libanesas o a aquellas zonas del norte donde no hay rastro de Hezbolá. Y si no hay milicianos chiítas a los que aniquilar, tal vez la salvación esté al alcance de la mano.
Aumento de los refugiados
Pero no solo Sidón se está convirtiendo en una lúgubre ciudad fantasma. Cada pueblo del sur contribuye con su considerable cuota de refugiados desesperados, al igual que gran parte de Beirut, cada vez más presa del pánico en estas horas. «Pero es en mi Sidón donde he visto suceder algo increíble», cuenta a los medios de comunicación vaticanos el padre Eid Bou Rached, sacerdote maronita y director del instituto Sant’Elie Darbessim. «Ayer por la mañana, tan pronto como Israel comenzó a bombardear, todos los ciudadanos musulmanes, que son mayoría en la ciudad, cerraron sus casas, se subieron a sus coches e intentaron huir». El resultado fue el bloqueo total de las carreteras, con filas de varios kilómetros y horas de espera en algunos puestos de control, donde la policía revisa minuciosamente cada vehículo y cada pasajero. «Dada la magnitud del tráfico, los cristianos no tuvieron tiempo de huir y ahora no pueden moverse. Las autoridades también han cerrado algunas arterias de conexión».
Solo desierto
Para los que se quedan, solo queda el desierto: gasolineras vacías, tiendas de comestibles cerradas. A su alrededor, solo el miedo a otro ataque israelí inminente. «Dentro de una semana —dice asustado el sacerdote maronita— no habrá comida suficiente para todos, se teme que se acabe no solo en el sur, sino en todo el Líbano». Las escuelas también están cerradas, como el instituto del padre Rached. «En mi centro educativo he tenido que suspender las actividades también porque la mayoría de los alumnos son musulmanes y huyeron con sus padres ya el primer día del inicio de la guerra». Los cristianos que se han visto obligados a permanecer encerrados en los pueblos se sienten solos, abandonados. Y luego se hacen siempre la misma y trágica pregunta: «¿Por qué tenemos que entrar en este conflicto junto a Irán? ¿Por qué Hezbolá nos arrastra a un enfrentamiento que no queremos? En este momento, los cristianos también están muy, muy enojados».
Puestos a prueba por la violencia
El sacerdote maronita, como todos los libaneses, todavía tiene en sus ojos la sangre derramada durante la escalada de violencia desencadenada en septiembre de 2024 por la operación militar israelí Northern Arrows, flechas del norte, que precisamente en el sur provocó muertos, la destrucción de infraestructuras civiles y más de cien mil desplazados internos. «No pensábamos que pudiera volver a suceder, creíamos que había terminado. Pero no es así. ¿Por qué tenemos que volver a abandonar nuestras casas, tenemos que volver a sufrir? Incluso el presidente libanés, junto con todos los diputados, ha reiterado que esta guerra de Hezbolá no pertenece al pueblo. No podemos seguir viviendo así. En particular, los cristianos nos hemos quedado huérfanos, no hay nadie que nos eche una mano».
Miedo por las escuelas
Ayer por la mañana, el padre Rached caminó durante más de dos horas desde el palacio episcopal maronita de Sidón hasta la sede de su instituto para recuperar los sellos y los documentos oficiales: su temor es que, tarde o temprano, los misiles israelíes también caigan sobre las escuelas de la zona. «Estamos muy cerca de Ayn al-Hilwe, el campo de refugiados palestinos más grande de todo el Líbano. Y dada la dramática situación, nunca se sabe…».
Se publicó primero como Sacerdote maronita: miles de libaneses huyen del sur devastado por las bombas
