En el histórico Matthiae Mahl en Hamburgo, el Presidente del Consejo Europeo, António Costa, expuso la visión de una Unión Europea más fuerte que pueda defenderse, competir económicamente y actuar de forma independiente en un mundo cada vez más inestable. Hablando ante una audiencia que incluía a la ex canciller alemana Angela Merkel, Costa argumentó que Europa debe responder a la guerra, la coerción y la fragmentación global no retirándose, sino profundizando su propia unidad.
HAMBURGO — En un discurso de apertura en el Evento de Matthiae Mahlel Presidente del Consejo Europeo, António Costa, entregó un mensaje político claro: Europa debe volverse más soberana sin quedar aislada. Su discurso, pronunciado en una de las reuniones cívicas más simbólicas de Hamburgo, vinculó la seguridad de la Unión Europea, la competitividad económica y las asociaciones internacionales en un único argumento estratégico.
El escenario fue deliberado. El Matthia Mahlun banquete ceremonial cuyas raíces se remontan a 1356, sigue siendo una de las fiestas cívicas continuas más antiguas del mundo. La reunión de este año en el Ayuntamiento de Hamburgo fue diseñada para estimular el debate sobre una Europa moderna y unida que enfrenta una creciente presión geopolítica y económica. Costa apareció como uno de los invitados de honor del evento junto a Angela Merkel, figura a la que elogió calurosamente en sus palabras de apertura.
Desde el principio, Costa enmarcó a la Unión Europea como algo históricamente inusual: no un imperio, no una federación clásica, sino un proyecto de soberanía voluntariamente compartida. Esa idea, sugirió, es lo que da a la Unión legitimidad y atractivo en un momento en que la presión autoritaria, la guerra y la política de poder están desafiando el sistema internacional. Según él, la respuesta de Europa no puede ser simplemente la autopreservación institucional. Debe ser voluntad política.
Ese argumento recorrió la parte más contundente del discurso. Costa dijo que la UE debe continuar defendiendo el orden internacional basado en reglas y rechazar las violaciones del derecho internacional dondequiera que ocurran. Se refirió no sólo a Ucrania, sino también a Gaza, Irán, Sudán y Afganistán, presentando a Europa como un bloque que debe hablar tanto de seguridad como de dignidad humana al mismo tiempo. También abordó el deterioro de la situación en Medio Oriente, advirtiendo contra una escalada y enfatizando que la diplomacia sigue siendo la única solución duradera.
Pero éste no fue un discurso sólo sobre valores. El punto más amplio de Costa fue que los principios necesitan poder detrás de ellos. “La paz sin defensa es una ilusión”, afirmó, utilizando la guerra en Ucrania como el punto de inflexión que ha obligado a Europa a repensar su papel. Elogió a Alemania Zeitenwende y su desacoplamiento energético de Rusia, al tiempo que argumenta que la Unión Europea debe ahora consolidar su propia capacidad de defensa no en oposición a la OTAN, sino como un pilar más fuerte dentro de la alianza transatlántica.
En ese sentido, el discurso fue también un llamado a la continuidad. Costa recordó que los líderes de la UE hicieron de la defensa una prioridad central en 2025, y argumentó que 2026 debería convertirse ahora en el año de la competitividad. Esa fórmula es importante porque captura un consenso cada vez mayor en Bruselas: la credibilidad geopolítica de Europa dependerá no sólo de su preparación militar, sino también de si puede innovar más rápidamente, reducir las dependencias, profundizar sus mercados de capital y hacer que su economía interna funcione más eficazmente a través de las fronteras.
Su mensaje económico se hizo eco de los debates que ya están dando forma a la agenda de la Unión. Refiriéndose al reciente impulso por una estrategia industrial y regulatoria más sólida, Costa pidió “Un mercado para una Europa”, un mercado único más integrado con menos barreras internas para los negocios, los servicios y la inversión. La frase era simple, pero conllevaba una ambición más amplia: si Europa quiere actuar como una potencia, también debe funcionar más como tal.
Eso incluye defender la autonomía regulatoria de Europa en la esfera digital, invertir en integración energética y proteger sectores estratégicos de la coerción. También incluye preservar el equilibrio social que durante mucho tiempo ha distinguido al modelo europeo. Costa insistió en argumentar que estados de bienestar fuertes, viviendas asequibles y empleos de calidad no son cargas para la competitividad, sino parte de su base. Para una Unión a la que a menudo se acusa de hablar el lenguaje de los mercados con más fluidez que el lenguaje de la protección social, esa línea era políticamente significativa.
El comercio constituyó otro pilar de la dirección. Costa presentó a la UE no como una fortaleza, sino como un legislador global. Defendió los acuerdos de libre comercio como instrumentos de estabilidad y estándares, no simplemente de comercio, y los contrastó con el regreso de la política arancelaria en otros lugares. Al hacerlo, intentó colocar a Europa en un punto medio entre el proteccionismo y la dependencia: abierta al mundo, pero menos vulnerable dentro de él.
El trasfondo político del discurso fue inconfundible. Europa, dijo Costa, no debe convertirse en “una herramienta en el juego de otros”. Era una línea dirigida tanto a los rivales globales como a las dudas de la propia Europa. Entre la presión económica de Washington, el poder industrial de Beijing y la agresión militar de Moscú, la UE está bajo una presión creciente para definirse no sólo como un mercado o un proyecto de paz, sino como un actor estratégico.
Hamburgo proporcionó un escenario apropiado para ese mensaje. Una ciudad moldeada por el comercio, la apertura marítima y la reconstrucción después de la guerra, ofreció a Costa un telón de fondo simbólico para un llamamiento a una Europa que mira hacia el exterior pero más autosuficiente. La presencia de Merkel agregó otra capa: un recordatorio de la generación política que condujo a Europa a través de crisis anteriores, incluso cuando una nueva enfrenta un entorno más duro y menos predecible.
El discurso también encaja en una trayectoria más amplia ya visible en Bruselas. Como El European Times informó recientementelos líderes de la UE han estado tratando de conectar la defensa, la competitividad y la autonomía estratégica en una agenda más coherente. La intervención de Costa en Hamburgo dio a ese esfuerzo una narrativa más aguda: Europa seguirá siendo abierta, social y multilateral, pero también debe volverse más rápida, más dura y más capaz de actuar en sus propios términos.
Que esa visión se convierta en política dependerá de las decisiones que aún están por venir: sobre la financiación de la defensa, la coordinación industrial, la ampliación y la realización del mercado único. Pero en Hamburgo, el mensaje de Costa fue menos sobre detalles técnicos que sobre dirección política. En un momento en que el orden internacional parece cada vez más frágil, aprovechó una ceremonia europea centenaria para argumentar que el futuro del continente dependerá de su voluntad de actuar juntos con mayor confianza.
Publicado anteriormente en The European Times.
