Comunicado de www.vaticannews.va — ![]()
La IA no es para León XIV una panacea, pero tampoco un instrumento diabólico; es, ni más ni menos, lo que nosotros hagamos con ella.
Javier Cercas
El mensaje del papa León XIV para la LX Jornada Mundial de las comunicaciones sociales, titulado “Custodiar voces y rostros humanos”, es un texto importante. Lo es para los católicos, pero también para los no católicos; para los creyentes, pero también para los no creyentes. Lo es por sus implicaciones de todo tipo -políticas, religiosas, morales, sociales, económicas- y por más motivos de los que podría comentar aquí. Solo me referiré a uno de ellos.
No soy un especialista en Inteligencia Artificial, pero me asombra que a menudo se repitan a propósito de ella las mismas o parecidas predicciones apocalípticas que se han repetido a lo largo de la historia cada vez que se produjo una gran revolución tecnológica (y no hay duda de que la IA lo es). Platón lamenta en el Fedro, por boca del rey Tanos, la aparición de la escritura, una invención peligrosísima porque “implantará el olvido en el alma de los hombres”, quienes “dejarán de ejercer la memoria porque contarán con lo que está escrito”; además, continuaba el personaje de Platón, la escritura volverá irrelevante la relación entre maestro y discípulo, que es esencial para cualquier aprendizaje; por todo ello, remataba, la escritura no proveerá a los hombres de sabiduría, sino de falsa sabiduría, lo que conducirá al fin de la cultura auténtica. Siglos después de Platón se repitieron los mismos o parecidos lamentos cuando Gutemberg inventó la imprenta y tantos auguraron que, como este nuevo hallazgo difundiría la cultura hasta límites por entonces desconocidos y la permitiría salir de las bibliotecas exclusivas donde había estado encerrada hasta entonces y alcanzar una audiencia numerosísima, el saber inevitablemente se devaluaría, se vulgarizaría para llegar al gran público, y así se degradaría y acabaría desapareciendo la cultura más exigente, es decir, de nuevo, la cultura auténtica. Y cosas semejantes escuchamos nosotros, no hace mucho tiempo, acerca de la televisión o de internet o de las redes sociales. Pero lo cierto es que la escritura no provocó el fin de la verdadera cultura, sino la aparición de una cultura distinta, igual que la imprenta no acabó con la alta cultura: la prueba es que Shakespeare o Cervantes no son inferiores a Homero o Virgilio. No estoy diciendo que la IA no entrañe riesgos y no debamos permanecer muy atentos a su desarrollo; estoy diciendo que, igual que la escritura o la imprenta o internet, es preciso usarla para bien y no para mal, y que ese uso depende exclusivamente de nosotros, del control que nosotros y nuestros poderes públicos ejerzamos o no sobre ella: la escritura y la imprenta, como la IA, se pueden asimismo usar para bien o para mal, para publicar el Quijote pero también para publicar Mein Kampf. El problema no es la tecnología; el problema es el uso que hagamos de la tecnología. Tampoco digo que la tecnología sea neutral; digo que la tecnología la hemos diseñado los seres humanos, y que por lo tanto los responsables de lo bueno o lo malo que se haga con ella -ya sea la escritura, la imprenta o la IA- somos nosotros.
Si no me engaño, ese es exactamente el punto de vista de León XIV sobre la IA. El papa no es un apocalíptico: no piensa, como tantos, que esta nueva tecnología está siendo o será la causante de todos nuestros males, o de la mayoría de ellos, y que acabará destruyendo nuestra civilización, o al menos nuestra cultura; pero el papa tampoco es un integrado, y no piensa, como tantos otros, que esta nueva tecnología posee por sí sola la capacidad de mejorar nuestras vidas. “Acoger con valentía, determinación y discernimiento las oportunidades que ofrecen la tecnología digital y la inteligencia artificial”, escribe León XIV, “no significa ocultar para nosotros mismos los puntos críticos, las opacidades, los riesgos”. El papa es muy consciente de estos últimos, y por ello pone en guardia contra la “confianza ingenuamente acrítica en la inteligencia artificial como ‘amiga’ omnisciente, dispensadora de toda información, archivo de toda memoria, ‘oráculo” de todo consejo”. En suma: la IA no es para León XIV una panacea, pero tampoco un instrumento diabólico; es, ni más ni menos, lo que nosotros hagamos con ella, y por lo tanto su desarrollo constituye antes que nada un reto: el de usarla para construir una sociedad más justa, más igualitaria y más gozosa. Por eso el papa afirma que “el desafío que nos espera no es el de detener la innovación digital, sino el de guiarla, y el de ser conscientes de su carácter ambivalente”, de sus ventajas obvias, pero también de sus no menos obvios riesgos. Para fomentar al máximo aquellas y evitar estos, para convertir la IA en nuestro aliado y no en nuestro enemigo, León XVI invoca una tríada de valores: responsabilidad, cooperación y educación. La responsabilidad de los dueños, creadores y programadores de la IA, de los políticos, entidades reguladoras y periodistas, pero también la de la ciudadanía, que es quien debe controlar a aquéllos; la cooperación entre los diferentes sectores que determinan el destino de la IA (por sí solo, ninguno puede determinarlo); y la educación de sus usuarios, que somos todos. Este triple imperativo dibuja un programa ambicioso; a mí me parece que también es indispensable.
Transcurrido ya casi un año desde la muerte del papa Francisco, muchos, católicos y no católicos, todavía nos preguntamos qué clase de papa acabará siendo León XIV, sobre todo, o inevitablemente, por comparación con Francisco: ¿ha venido este papa a apaciguar las aguas que su predecesor agitó y es un continuador de Francisco en el fondo, pero no en las formas, como pareció desde el principio? Sea como sea, este documento viene a demostrar que, igual que Francisco, León XIV es capaz de abordar los asuntos más candentes de nuestro tiempo con coraje, con lucidez y sin prejuicios. Es una de las formas en las que la Iglesia Católica puede sernos útiles a todos.
Se publicó primero como León XIV, ni apocalíptico ni integrado
