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Gallagher: la persona no puede ser objeto de transacción

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Comunicado de www.vaticannews.va —

En la Embajada de Italia ante la Santa Sede, el secretario vaticano para las Relaciones con los Estados y las Organizaciones Internacionales intervino en el diálogo «Un frente común por la dignidad humana: prevenir la mercantilización de mujeres y niños en la maternidad subrogada» y definió esta práctica como una «nueva forma de colonialismo» que pone en el centro los intereses de los adultos en lugar de los de los niños.

Edoorde Griego – Roma

Hacer frente común para frenar la mercantilización de mujeres y niños inherente a la maternidad subrogada, una «nueva forma de colonialismo» que explota los cuerpos y vacía las relaciones. Una práctica definida por el Papa Francisco como «reprobable», porque reduce a la persona a un «producto», como también ha reiterado el Papa León XIV, al denunciar una lógica que pone en el centro el deseo de los adultos y sacrifica el interés de los más pequeños. Con este trasfondo se celebró el diálogo «Un frente común por la dignidad humana: prevenir la mercantilización de mujeres y niños en la maternidad subrogada» entre el arzobispo Paul Richard Gallagher, secretario vaticano para las Relaciones con los Estados y las Organizaciones Internacionales, y Eugenia Maria Roccella, ministra italiana para la Familia, la Natalidad y la Igualdad de Oportunidades. El encuentro tuvo lugar la tarde de hoy, martes 13 de enero de 2026, en Roma, en la sede de la Embajada de Italia ante la Santa Sede, en el Palacio Borromeo, y fue introducido por los saludos institucionales del embajador de Italia ante la Santa Sede, Francesco Di Nitto, y del embajador de Chipre ante la Santa Sede y decano del Cuerpo Diplomático, George Poulides.

Gallagher: consecuencias para la dignidad humana

En su intervención, el arzobispo Gallagher subrayó ante todo que la cuestión de la maternidad subrogada concierne a «toda la humanidad» y recordó las palabras que el Papa León XIV dedicó al tema en su discurso al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede el pasado 9 de enero. En aquella ocasión, el Pontífice había definido la maternidad subrogada como una práctica que, «al transformar la gestación en un servicio negociable, viola la dignidad tanto del niño, reducido a “producto”, como de la madre, al instrumentalizar su cuerpo y el proceso generativo y alterar el proyecto original de relaciones de la familia».

El arzobispo recordó que no se trata de una postura aislada en el magisterio reciente: ya el Papa Francisco, dirigiéndose a los diplomáticoshabía calificado la maternidad subrogada de «reprobable», basada «en la explotación de una situación de necesidad material de la madre».

Entrando en el fondo de la cuestión, Gallagher remarcó en la «mercantilización de la persona» el núcleo central que hace que la maternidad subrogada sea contraria a la dignidad humana. La persona, explicó, no puede ser reducida a objeto de transacción, ni siquiera cuando la práctica se presenta como un gesto de generosidad. Más allá de las formulaciones jurídicas, observó, no se puede eludir la realidad: se trata de la venta de un niño, entregado a los compradores en virtud de un contrato que pone en el centro los intereses de los adultos y no los de los más pequeños.

El secretario vaticano recordó además el impacto de la maternidad subrogada sobre el cuerpo femenino, reducido a mero instrumento reproductivo, ocultando la dimensión existencial e intransferible de la gestación. Por ello, las consecuencias de la maternidad subrogada afectan de manera significativa a la concepción social de la maternidad y, más ampliamente, de la dignidad humana. No es casual -sostuvo- que incluso parte del mundo feminista denuncie que esta práctica reduce a la mujer a una simple «incubadora».

Abolir la maternidad subrogada

De ahí deriva la invitación a contrarrestar la narrativa a menudo «superficial» de la maternidad subrogada, a veces amplificada por ejemplos provenientes del mundo de las celebridades. Lejos de representar un «progreso», constituye más bien, según el arzobispo, «una nueva forma de colonialismo», alimentada por mecanismos de mercado que favorecen la explotación de las personas más vulnerables.

El consentimiento formal de la mujer no es en sí mismo una «garantía» contra el abuso, ya que con frecuencia los acuerdos se firman bajo «presión económica», con escasa autonomía contractual y a través de agencias intermediarias que reducen aún más el margen de decisión sobre el propio cuerpo.

En cuanto a las posibles respuestas, Gallagher recordó que muchos Estados han prohibido la maternidad subrogada en sus ordenamientos, aun teniendo que afrontar la complejidad de los casos en los que la práctica se realiza en el extranjero.

En este contexto se inscribe -apuntó- el debate internacional que, en el marco de la Conferencia de La Haya de Derecho Internacional Privado, tiende a proponer no la prohibición sino la regulación del fenómeno. Un camino que Italia ha decidido no seguir, oponiéndose firmemente y adoptando, desde 2024, la extensión del delito de maternidad subrogada a quienes recurren a ella en el extranjero.

Según el arzobispo, la hipótesis de un marco normativo internacional resulta «inadecuada y contraproducente», ya que acabaría incentivando la demanda. En un mercado -explicó- la demanda condiciona la oferta: hacer los procedimientos más simples y seguros significaría inducir a un número creciente de personas a recurrir a la maternidad subrogada y, en consecuencia, «generar más niños destinados a ser vendidos». Por eso -concluyó- el recurso al «interés superior del menor» no puede resolverse mediante la regulación: la única respuesta coherente sigue siendo la abolición de esta práctica.

Un momento del evento desarrollado el martes 13 de enero de 2026

Un momento del evento desarrollado el martes 13 de enero de 2026

Un momento del evento desarrollado el martes 13 de enero de 2026

Trabajar para defender los derechos de los niños

Al término de su intervención, interrogado por la periodista y moderadora del acto, Susanna Lemma, el secretario vaticano para las Relaciones con los Estados y las Organizaciones Internacionales argumentó que, históricamente, la comprensión de las realidades sociales y éticas se adquiere de manera progresiva.

Hace cuatro o cinco siglos -prosiguió- se aceptaban como normales prácticas que hoy ya no lo son. El arzobispo subrayó cómo la maternidad subrogada se difunde a menudo en los países más pobres y cómo el simple hecho de disponer de medios económicos no confiere a nadie el derecho a tener un hijo, que sigue siendo «un don de Dios».

Gallagher enfatizó además la importancia de un trabajo compartido a nivel internacional para evitar que estos abusos se extiendan, rechazando una sociedad en la que las mujeres «ya no piensan».

En referencia al compromiso de la Santa Sede, afirmó que la intención es seguir dialogando con los países en los que la maternidad subrogada está permitida, trabajando para defender los derechos de los niños y garantizarles seguridad y perspectivas de tutela. «Se seguirá adelante -concluyó- ofreciendo este mensaje de esperanza. La Iglesia permanece siempre en este compromiso».

Roccella: nunca se puede hablar de “donación”

Por su parte, la ministra Roccella centró su intervención en el marco legislativo italiano sobre la maternidad subrogada. «Nunca hemos quitado ningún derecho al niño», afirmó, explicando que el objetivo de la normativa ha sido hacerla efectiva, estableciendo que el recurso a esta práctica en el extranjero por parte de un ciudadano italiano esté sujeto a las consecuencias penales correspondientes. Una elección -precisó- que responde a la necesidad de proteger a los menores y de combatir las formas de elusión de la ley.

Roccella añadió que ningún Estado puede, por sí solo, definir un delito de alcance universal, lo que hace necesaria una convergencia internacional y una acción de sensibilización en foros multilaterales como las Naciones Unidas. Espacios -agregó- en los que promover la creación de grupos de trabajo capaces de frenar la progresiva afirmación de la «mercantilización» de la maternidad y de uno de los elementos centrales de las nuevas formas de parentalidad: la «contractualización».

En este marco -puntualizó Roccella- no hay nada de altruista en la maternidad subrogada, ni se puede hablar de «donación», como sí ocurre en prácticas solidarias como la donación de sangre o de órganos.

Los saludos institucionales

Al abrir el acto, el embajador Di Nitto recordó también las palabras del Pontífice en su discurso al Cuerpo Diplomático, calificándolas como una llamada de atención que interpela directamente a la responsabilidad de la comunidad internacional.

En su saludo, el embajador Poulides, al detenerse en el título del diálogo entre el arzobispo Gallagher y la ministra Roccella, destacó la necesidad de «prevenir la mercantilización de mujeres y niños en la maternidad subrogada», construyendo «un frente común por la dignidad humana».

Un objetivo que concierne de manera particular a los diplomáticos, llamados a responder al llamamiento del Papa a emprender un camino de respeto por la persona humana en toda circunstancia, para que estas exhortaciones se conviertan en objeto de una reflexión atenta y compartida.

Se publicó primero como Gallagher: la persona no puede ser objeto de transacción

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