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Por qué el odio es su propio castigo

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El fanático cree que ha tomado una decisión. Odiará a esa gente. Temerá a esa comunidad. Injuriará a ese grupo.

Pero en verdad, no se ha decidido en absoluto. Se ha entorpecido con su odio hasta el punto de ser incapaz de un verdadero libre albedrío, solo paralizado.

El asesinato de Abel por Caín en relieve de mármol en la fachada de la Catedral de Milán (Foto de Zvonimir Atletic/Shutterstock.com)

Caín, el la biblia nos dice, odiaba a su hermano por ser favorecido por Dios. Lo odiaron, lo temieron y lo mataron, y así trajeron al mundo todos los parientes consanguíneos del odio: miedo, vergüenza, consternación, falsedad.

Dios castigó a Caín condenándolo a vagar por la tierra, un paria despreciado por todos.

Además, se dice que, por su transgresión, Dios maldijo a los descendientes de Caín durante siete generaciones, haciendo que todos nacieran con dos cabezas, cada una en desacuerdo con la otra, cada una luchando contra la otra, cada una incapaz de tomar una decisión debido a la sospecha y odio.

El castigo por el odio de Caín fue el odio.

Así fue traída al mundo la guerra, hija del odio.

Caín, como el fanático de hoy, se convirtió en un esclavo sin decisión ni impulso: una marioneta cuyos hilos tiraba el Odio, su amo.

Pero a diferencia del fanático, tú y yo siempre tenemos una opción.

Cuando un extraño llega a tu vida, puedes darle la bienvenida o rechazarlo.

Cuando la amistad llama, puedes aceptarla o rechazarla.

Cuando se presenta una oportunidad de aprender o crecer, puede aprovecharla o desperdiciarla.

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Foto de Sage Ross/Shutterstock.com

Pero el castigo de Caín y de su descendencia hasta el día de hoy es odio: odio que se consume a sí mismo, como un fuego que se vuelve hacia adentro, y no destruye nada sino al que encendió la llama.

El odio engendra violencia engendra muerte. Así que se podría haber predicho que los hijos de los hijos de Caín se enseñarían a forjar bronce y hierro, a hacer armaduras y lanzas, para mejor matarse unos a otros.

Así fue como la guerra, hija del odio, fue traída al mundo por el engendro de Caín.

Porque el pecado del odio es su propio castigo.

Pero nos afecta a todos.



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